a su imagen y semejanza



En mi barrio torturamos judíos. Tenemos un par de sicarios camboyanos que parecen nietos de Pol Pot por la saña con la que les meten caña. Risueños y traviesos se solazan apretando los huevos de los hijos del sionismo. Hasta donde yo sé éstos no tienen ancestros árabes, relación alguna con Palestina ni tampoco les importan las fundamentales y sanguinarias ambiciones de Hamas. La política les da igual y tildan de juego infantil aburrido y sin sentido los atentados terroristas que tanto miedo y preocupación causan en occidente. Sin embargo, están obstinados con aprender hebreo y les causa muchísima gracia la fe ciega de los rabinos y sus secuaces. A saber dónde y cuándo aprendieron esas fantásticas técnicas de tortura que harían las delicias de cualquier campo de concentración. Ni qué decir de los putos nazis. A esos sí que les tengo manía. Basta que pillemos a alguno con actitud o pinta de fachilla por nuestras calles para que la emprendamos a golpes sin siquiera averiguar su origen, procedencia ni tendencias político-religiosas. “Esos son detalles intrascendentes” justifica siempre el senegalés que pasa chocolate en la plaza y que nos tiene prometido que si le toca el Gordo de navidad instalará en la calle Francia una cámara de gas all-included para el día en que los camboyanos se muden. Supuestamente teníamos acordado llevar a los fachas a casa del turco para maltratarlos en silencio y pegarles un buen susto que los desanimara de su postura racista y radical, pero una vez puestos ninguno se aguanta las ganas así que siempre les terminamos dando sobre la vereda nomás. Además, tenemos un vecino moro casado con una china maoista que hace 3 meses, cuando Barack Obama ofreció en gringolandia el fin de la guerra de Irak y el cierre de la prisión de alta seguridad en Cuba, le cambió de nombre a su bar y le puso ”Guantánamo” para que pase lo que pase nunca lo olvidemos. Regala “chupitos” a cambio de gringos alegrones que le recogemos “a pedido” en las ramblas del centro con cualquier excusa. Lo lindo de esos guiris capitalistas es que nos lo creen todo, nos celebran los chistes y terminan cediéndonos a sus mujeres antes de que los entreguemos en brazos del bueno de Mustafá. La putada es que ni bien ejecutado el trueque el moro nos cierra el bar y reúne a sus hijos en torno a la bañera para darle golpes eléctricos a los gringos a los que oímos desde la calle clamar por sus vidas, primero en castellano masticado de dolor y luego en un inglés frenético e incomprensible. El problema es que muchas veces los gringos que recogemos resultan ser también judíos y entonces empiezan las discusiones entre el moro y los camboyanos. En esos casos llevamos a las partes ante el hechicero africano que vive en el entresuelo de la calle Esparta, quien finalmente les impone una decisión imparcial y salomónica. A mí siempre me ha parecido que eso de escupir aguardiente sobre el cuerpo de la víctima y atosigarlo con humo de tabaco negro para “ver” a quien corresponde es bastante arbitrario, pero lo folklórico del ritual me entretiene y como nunca he sido buen abogado prefiero callar y disfrutar en silencio del espectáculo. Nosotros somos suramericanos. Llegamos al barrio a fines de los ochenta convencidos de la necesidad de defender y difundir la ideología guevarista más allá de las fronteras de América Latina y del triunfo incuestionable de la revolución cubana. El tiempo se encargó de “des-asnarnos” aunque en mi caso la noticia llegó un poco tarde. Mi “lucidez política” estuvo precedida de la clásica estupidez juvenil de los 18 años y me terminé tatuando la cara del Che sobre el continente en el brazo derecho. La verdad me dan igual las derechas que las izquierdas y estoy convencido de que las revoluciones sociales no sirven absolutamente para nada. Aún así, me encantan los afiches stalinistas que me trajo Raimundo de Moscú y he decorado la cocina de mi casa con ellos. Vivo con una orquídea genovesa que me llama "Ducce" cada vez que lo hacemos y nuestros hijos han prometido nacer todos de parto natural sin epidural ni intervención médica alguna. Escucho misa cada domingo, me doy golpes de pecho por todos mis pecados y me confieso de mentiritas con el curita pedófilo de la parroquia saboreando con desparpajo las hostias de la comunión. Si algo me ha dejado el influjo de la Iglesia en mi breve experiencia vital es la certeza de que la violencia individualizada es el mejor remedio para todos los males. Hay quienes cuestionan nuestro proceder pero no faltará quien nos entienda. En cualquier caso respondemos a nuestra naturaleza hedonista porque la vida son dos días y que hay que disfrutarla como venga. No somos mercenarios de nadie, actuamos por convicción propia y somos felices. Amamos al mundo y celebramos la vida en interminables fiestas de verano que organizamos sin previo aviso sobre las calles abiertas al público en general. Somos producto exclusivo de todo el odio y el miedo que nos venden los políticos y alimentan los medios. “A su imagen y semejanza”, y que nadie se atreva a juzgar nuestros actos porque nos protege la Constitución.