El sábado 13 desperté en Barcelona con la misma emoción con la que me despertaba los 25 de diciembre en Lima. Me había acostado apenas pasada la medianoche del viernes excitadísimo por el fabuloso regalo de Francesca, así que me bastó un breve rayo de luz solar invernal que entraba desde el balcón para levantarme de la cama y empezar a curiosear. No suelo hacer grandes celebraciones en mis cumpleaños pero mi futura paternidad me animó esta vez a convocar a mis amigos más cercanos para almorzar en casa y brindar por la vida fantástica que inventamos juntos. Mientras fumaba el primer pitillo del día con mi café en la mano de cara a la plaza escuché los gritos de mi mujer en la cocina. El fregadero central, pesado y ochentero como todo el edificio se había venido abajo y amenazaba desprenderse de la pared para inundarme la casa. El mueble de madera y mármol que lo sostenía estaba destrozado por la humedad y el tiempo. “Me cago en todo”, pensé y me entró un bajón tremendo imaginando mi celebración arruinada por los acontecimientos. Tomé medidas para asegurar provisionalmente el fregadero, comuniqué al propietario del piso lo ocurrido y envié mensajes a mis invitados anunciando la inevitable cancelación del almuerzo previsto para celebrar mis 34. “Es una señal”, decía yo y lamentaba mi ingenuidad en la planificación del evento. Al rato llegó el lampista a mi casa, retiró definitivamente el fregadero de la cocina, aseguró que no habrían fugas de agua y se fue prometiendo volver el lunes para instalarme un nuevo mueble de cocina “más moderno y funcional” que el viejo trasto podrido que tenía hasta ahora. Me prendí otro pucho y me sentí curiosamente animado. Todo parecía solucionarse y si bien no podría hacer almuercito en mi casa, no estaba dispuesto a renunciar a mi buena vibra cumpleañera por los ánimos exaltados de mi gran fregadero inútil. Llamé a mi buen amigo Pedro y le pedí consejo sobre algún “peruano” en el que comerme un cebiche para compensarme por el mal rato. La verdad es que muy a mi pesar, después de 4 años en Barna, no había encontrado un solo restaurante peruano que valiera la pena. Aún así estaba dispuesto a poner de mi parte para que el cebiche que me pusieran al frente se pareciera a esos cebichitos tan ricos que me comía en el Muelle de Barranco. No hizo falta auto-engañarme, el peruano que me recomendó Pedro no sólo está muy cerca de mi casa, sino que además es sin duda el mejor de la comarca. Llamé a mis “invitados” y les facilité datos básicos para que pudieran encontrarme. Cuando llegaron yo ya disfrutaba con Francesca de una malta heladita y de una leche de tigre acompañada con canchita serrana y rocoto. Los cebiches espectaculares, lo mismo que las yuquitas fritas con huancaína y los tamalitos. Todo de lujo. Rafredy, Julito y Alicia salieron del lugar tan emocionados como nosotros. Volvimos todos juntos a mi piso y abrí la botella del pisco torontel delicioso que me mandaron desde Lima. Sublimes y pecan-roll para el postre, y si lo hubiera planeado no habría estado tan bueno ni me hubiera hecho tan feliz. Haciendo señales de humo en el balcón con Santiago caí en la cuenta de que el fregadero de la cocina me hizo un buen regalo de cumpleaños. No sólo decidió caer un sábado cuando Francesca y yo estábamos en casa y podíamos ocuparnos de él, sino que además nos permitió descubrir a solo unas calles el mejor restaurante peruano de Barcelona, cubriendo así de luz y esperanza los frecuentes antojos hasta ahora esquivos de la incomparable gastronomía nacional. Además, me pondrán un mueble nuevo en la cocina y hoy vuelvo al peruano por otro cebiche para la resaca dominguera. Eso sí, ni la tarde ni las celebraciones terminaron ahí. Los amigos siguieron llegando, la música sonando y el pisco circulando. Estuvieron los que tenían que estar. Llegó Maradona de la mano de Kusturica y no escuché más las llamadas a mi teléfono. Vimos todos los goles de la historia de los Barça-Real Madrid y cenamos “shawarmas” en el pakistaní de la esquina. Me cogió un aire en la plaza y el barrio Gràcia daba vueltas a mi alrededor. Eto falló un penal regalado por el árbitro pero subsanó el error con un gol aprovechando un corner. Messi puso el 2 a 0, aseguró la punta de la Liga lejana de los “blancos” y la ciudad condal sigue celebrando. Yo celebro con ella, y con ustedes, porque vivo mis días más felices, porque la vida es maravillosa y porque sin el amor que mi hija Maia me inspira nada de esto tendría sentido.
