¡Salimos! Al grito de Chicharra sobre Gran de Gràcia. Metiendo la punta y sacando la lengua para darle al balón la trayectoria de luz que iluminó la primavera de 2005. Quimba y salero. Sabor y sandunga. Así nomás, rápido y sobre la marca del rival de turno. El año académico terminaba y nosotros queríamos todo lo que el fin de curso pudiera dar de sí. Aterrizamos en Barcelona en agosto de 2004 y desde entonces habíamos chupado más bibliotecas que cervezas y kalimotxos. Tocaba jugar a ser felices. Y transitábamos la ciudad sobre la pista, esquivando carros y motos con nuestros sueños pegados al pie. Manejando los tiempos y regalando ilusión inmigrante a toda "guiri-nice" que lo solicitara. No teníamos nada que perder. De hecho, en mi brevísimo imaginario vital la gesta más grande había sido llegar a España 82’ con el Naranjito contando los días para empezar el mundial. Hubo que sacudirse de Colombia y Uruguay en eliminatorias sudamericanas para levantar al gran Chumpi en hombros y dar la vuelta al viejo Estadio Nacional de Lima celebrando una nueva clasificación mundialista. Eran otros tiempos. La selección peruana se había convertido en un clásico de los mundiales. No estábamos para ser campeones pero siempre estábamos. En México 70’, en Alemania 74’, en Argentina 78’, siempre hubo lugar para el combinado inca. Lamentablemente España 82’ fue nuestro último mundial. Y menos mal lo recuerdo, porque siendo tigre de 1974 todo lo previo casi que no existió. Total, ahora que lo pienso, no deja de ser premonitorio que la ceremonia inaugural de ese mundial se celebrara en el Camp Nou de Barcelona. Perú debutó empatando 1 a 1 con la Italia de Paolo Rossi, Dino Zoff, Cabrini y Tardelli. Sí, Italia, la misma que ese año se coronó campeona del mundo. En el segundo partido volvimos a empatar pero a cero con Camerún que fue la sorpresa de ese mundial. Y todavía teníamos opciones de pasar a octavos. Pero en el último partido de la fase de grupos la selección de Polonia liderada por el pervertido de Lato nos metió 5 y nos dejó fuera. Dicen que el nene Cubillas y el diamante Uribe se pelearon por la número "10", que el vestuario era un hervidero, yo qué sé. Nos despidieron con goleada y desde entonces los peruanos aprendimos a vivir de fracaso en fracaso. Así, en honor a las viejas pasiones que nos hacen recuperar la infancia, una de las grandes atracciones de pisar Europa era poder disfrutar en vivo del fútbol que sólo alcanzábamos a ver por la tele y en horarios desfasados por la distancia. Vaya que lo logramos. Hoy lo tengo más claro que nunca. En el 2004 me instalé en Barcelona y no sólo he disfrutado del mejor fútbol del mundo sino que he celebrado todos los títulos posibles. Soy afortunado de no haber ido a dar a Madrid, eso también lo tengo claro. Mi fiesta particular empezó con el Barça de Frank Rijkaard, que por entonces contaba entre sus grandes figuras al hoy controvertido Ronaldinho y al brasileño nacionalizado portugués Deco. Puedo pecar de alucinado pero casi siento que he visto crecer a Iniesta y de hecho fui de los asistieron escépticos al ascenso de Guardiola como técnico del primer equipo. Es verdad que llegar "tarde" a esta ciudad me hizo perder grandes años del F.C. Barcelona, pero también es cierto que lo mejor estaba aún por llegar. Desde que llegué el Barça ha ganado cuatro Ligas españolas, una Copa del Rey, tres Supercopas de España, una Supercopa europea, un Mundial de Clubes y 2 Ligas de Campeones, y todas las he celebrado en la calle al ritmo particular de Catalunya. En 35 años nunca disfruté tanto con el fútbol. Es más, aprendí catalán y tuve una hija: modesto homenaje a la vila en que conocí a mi mujer y soy feliz. Vi el debut oficial del genial Lionel Messi ante el RCD Espanyol y esta temporada me he dado el lujo de gritar sus goles en vivo desde "el gallinero" del Camp Nou. He visto a Xavi Hernández sacar patente de crack universal y he dormido tranquilo a la sombra de dos centrales inmensos como Piqué y Puyol. He gritado los goles de Pedro en todas las competiciones. He repetido durante 6 años la misma mesa del bar cubano desde donde se ve el poster del Barça campeón 1973-74 con el Cholo Sotil abrazado de Johan Cruyff en su mejor versión. He odiado la poca confianza de Víctor Valdés y Sergio Busquets en sí mismos para terminar cerrando el pico y aplaudiéndolos por sus incontestables logros a todo nivel. Vi fracasar a la selección española más de una vez pero a cambio he disfrutado de la mejor Roja que ha regalado a su gente Eurocopa y Mundial seguidos en un solo paquete. Todo por culpa de los mismos bajitos que me han hecho dejar la garganta en el Camp Nou. Qué barbaridad, cómo juegan, parecen personajes de otro tiempo inmunizados al vértigo actual. Además, nunca antes asistí al ritual del país que se convierte en campeón y el domingo 11 lo viví con la primera Copa del Mundo de España. Es un privilegio. En Catalunya –dicho está- la victoria española se vive distinto. Pero igual se vive. Cuando se es campeón nadie quiere quedarse fuera. El fútbol concilia e integra, y mucho más cuando se juega bonito. De hecho, vi la final contra Holanda rodeado de independentistas que habían juntado a toda la familia para ser parte de esta historia. Poco importaba que España se llevara la gloria. Por una noche todos fueron españoles. Eso sí, el gol de Andresito en la prórroga hubo que gritarlo con la senyera y el sentimiento culé en la cabeza para que nadie se olvide de donde viene tanta magia. A pase de Cesc y sobre la marca de Rafael Van der Vaart, para terminar de joder al madridismo. Pidiendo la hora con el corazón en la mano para que este país vuelva a creer. Nos conviene a todos, sólo hay que ver la sonrisa de pelotudos indomables y traviesos con la que hoy vamos por la vida. Se acabó la crisis o por lo menos nos olvidamos de ella. Dan igual el paro y las medidas europeas de urgencia, España es campeona del mundo. Además, si lo pude gritar yo que soy peruano cómo no lo iban a gritar los catalanes. Es más, estoy seguro que más de uno lloró cuando el árbitro inglés pitó el final. En realidad, valgan verdades, debieron gritarlo todos los que aman el fútbol, inclusive los holandeses. Hay sueños de los que todos podemos ser parte. Esta generación de iluminados lo vale, no hay que ser muy brillante para darse cuenta. Demasiada inteligencia perjudica las emociones, anula los sentimientos y en definitiva nos impide ser felices. Mejor no pensar y vivir más de las ilusiones. El fútbol se lo merece.
miércoles 14 de julio de 2010
¡Visca Espanya!
¡Salimos! Al grito de Chicharra sobre Gran de Gràcia. Metiendo la punta y sacando la lengua para darle al balón la trayectoria de luz que iluminó la primavera de 2005. Quimba y salero. Sabor y sandunga. Así nomás, rápido y sobre la marca del rival de turno. El año académico terminaba y nosotros queríamos todo lo que el fin de curso pudiera dar de sí. Aterrizamos en Barcelona en agosto de 2004 y desde entonces habíamos chupado más bibliotecas que cervezas y kalimotxos. Tocaba jugar a ser felices. Y transitábamos la ciudad sobre la pista, esquivando carros y motos con nuestros sueños pegados al pie. Manejando los tiempos y regalando ilusión inmigrante a toda "guiri-nice" que lo solicitara. No teníamos nada que perder. De hecho, en mi brevísimo imaginario vital la gesta más grande había sido llegar a España 82’ con el Naranjito contando los días para empezar el mundial. Hubo que sacudirse de Colombia y Uruguay en eliminatorias sudamericanas para levantar al gran Chumpi en hombros y dar la vuelta al viejo Estadio Nacional de Lima celebrando una nueva clasificación mundialista. Eran otros tiempos. La selección peruana se había convertido en un clásico de los mundiales. No estábamos para ser campeones pero siempre estábamos. En México 70’, en Alemania 74’, en Argentina 78’, siempre hubo lugar para el combinado inca. Lamentablemente España 82’ fue nuestro último mundial. Y menos mal lo recuerdo, porque siendo tigre de 1974 todo lo previo casi que no existió. Total, ahora que lo pienso, no deja de ser premonitorio que la ceremonia inaugural de ese mundial se celebrara en el Camp Nou de Barcelona. Perú debutó empatando 1 a 1 con la Italia de Paolo Rossi, Dino Zoff, Cabrini y Tardelli. Sí, Italia, la misma que ese año se coronó campeona del mundo. En el segundo partido volvimos a empatar pero a cero con Camerún que fue la sorpresa de ese mundial. Y todavía teníamos opciones de pasar a octavos. Pero en el último partido de la fase de grupos la selección de Polonia liderada por el pervertido de Lato nos metió 5 y nos dejó fuera. Dicen que el nene Cubillas y el diamante Uribe se pelearon por la número "10", que el vestuario era un hervidero, yo qué sé. Nos despidieron con goleada y desde entonces los peruanos aprendimos a vivir de fracaso en fracaso. Así, en honor a las viejas pasiones que nos hacen recuperar la infancia, una de las grandes atracciones de pisar Europa era poder disfrutar en vivo del fútbol que sólo alcanzábamos a ver por la tele y en horarios desfasados por la distancia. Vaya que lo logramos. Hoy lo tengo más claro que nunca. En el 2004 me instalé en Barcelona y no sólo he disfrutado del mejor fútbol del mundo sino que he celebrado todos los títulos posibles. Soy afortunado de no haber ido a dar a Madrid, eso también lo tengo claro. Mi fiesta particular empezó con el Barça de Frank Rijkaard, que por entonces contaba entre sus grandes figuras al hoy controvertido Ronaldinho y al brasileño nacionalizado portugués Deco. Puedo pecar de alucinado pero casi siento que he visto crecer a Iniesta y de hecho fui de los asistieron escépticos al ascenso de Guardiola como técnico del primer equipo. Es verdad que llegar "tarde" a esta ciudad me hizo perder grandes años del F.C. Barcelona, pero también es cierto que lo mejor estaba aún por llegar. Desde que llegué el Barça ha ganado cuatro Ligas españolas, una Copa del Rey, tres Supercopas de España, una Supercopa europea, un Mundial de Clubes y 2 Ligas de Campeones, y todas las he celebrado en la calle al ritmo particular de Catalunya. En 35 años nunca disfruté tanto con el fútbol. Es más, aprendí catalán y tuve una hija: modesto homenaje a la vila en que conocí a mi mujer y soy feliz. Vi el debut oficial del genial Lionel Messi ante el RCD Espanyol y esta temporada me he dado el lujo de gritar sus goles en vivo desde "el gallinero" del Camp Nou. He visto a Xavi Hernández sacar patente de crack universal y he dormido tranquilo a la sombra de dos centrales inmensos como Piqué y Puyol. He gritado los goles de Pedro en todas las competiciones. He repetido durante 6 años la misma mesa del bar cubano desde donde se ve el poster del Barça campeón 1973-74 con el Cholo Sotil abrazado de Johan Cruyff en su mejor versión. He odiado la poca confianza de Víctor Valdés y Sergio Busquets en sí mismos para terminar cerrando el pico y aplaudiéndolos por sus incontestables logros a todo nivel. Vi fracasar a la selección española más de una vez pero a cambio he disfrutado de la mejor Roja que ha regalado a su gente Eurocopa y Mundial seguidos en un solo paquete. Todo por culpa de los mismos bajitos que me han hecho dejar la garganta en el Camp Nou. Qué barbaridad, cómo juegan, parecen personajes de otro tiempo inmunizados al vértigo actual. Además, nunca antes asistí al ritual del país que se convierte en campeón y el domingo 11 lo viví con la primera Copa del Mundo de España. Es un privilegio. En Catalunya –dicho está- la victoria española se vive distinto. Pero igual se vive. Cuando se es campeón nadie quiere quedarse fuera. El fútbol concilia e integra, y mucho más cuando se juega bonito. De hecho, vi la final contra Holanda rodeado de independentistas que habían juntado a toda la familia para ser parte de esta historia. Poco importaba que España se llevara la gloria. Por una noche todos fueron españoles. Eso sí, el gol de Andresito en la prórroga hubo que gritarlo con la senyera y el sentimiento culé en la cabeza para que nadie se olvide de donde viene tanta magia. A pase de Cesc y sobre la marca de Rafael Van der Vaart, para terminar de joder al madridismo. Pidiendo la hora con el corazón en la mano para que este país vuelva a creer. Nos conviene a todos, sólo hay que ver la sonrisa de pelotudos indomables y traviesos con la que hoy vamos por la vida. Se acabó la crisis o por lo menos nos olvidamos de ella. Dan igual el paro y las medidas europeas de urgencia, España es campeona del mundo. Además, si lo pude gritar yo que soy peruano cómo no lo iban a gritar los catalanes. Es más, estoy seguro que más de uno lloró cuando el árbitro inglés pitó el final. En realidad, valgan verdades, debieron gritarlo todos los que aman el fútbol, inclusive los holandeses. Hay sueños de los que todos podemos ser parte. Esta generación de iluminados lo vale, no hay que ser muy brillante para darse cuenta. Demasiada inteligencia perjudica las emociones, anula los sentimientos y en definitiva nos impide ser felices. Mejor no pensar y vivir más de las ilusiones. El fútbol se lo merece.
