lunes 27 de septiembre de 2010

orugas asesinas


Los esquejes no enraizaron bien y las plantas quedaron pequeñas. Las hostilidades conyugales tampoco ayudaron. A mí me gustaba pensar que la causa de los problemas en el cultivo de ese año era la “mala vibra” que se respiraba en casa a propósito de la separación, pero lo cierto es que la clonación no fue del todo correcta. Además, otra vez empecé tarde la temporada y dado el tiempo invertido en discusiones con mi hoy ex mujer poco quedó para dedicar a las plantitas que empezaban su ciclo de crecimiento en el balcón. Las índicas estiraron un poco pero las sativas quedaron tan pequeñas que parecían los bonsáis de un friki. Como si no bastara, los ácaros habían aprovechado la debilidad de las pequeñas para formar colonias sobre sus hojas, alimentar a toda la parentela y reproducirse. Flacas, enanas y amarillas las trasladé a mi nuevo cubil. Eran una invitación a la depresión y la vergüenza. Sus defectos me recordaban los míos y sus errores parecían caricaturizar todos los cometidos en los últimos años. Pero no me amilané. Le puse cara a la crisis y me motivé ante la posibilidad de salir airoso. Era mi primera oportunidad de reivindicarme y demostrarme capaz por difíciles que se pusieran las cosas. Fumigué, trasplanté y fertilicé. Escogí el mejor rincón de piso y decidí dedicarles mis horas más lúcidas. Los resultados no se hicieron esperar. Las niñas cambiaron el amarillo hepático por el verde selva. Las hojas crecieron y los tallos se ensancharon. Los ácaros desaparecieron y me enfrenté a los efectos del retraso con un estimulador de floración. Eso sí, vivía oscuras. En mi esfuerzo por sobrevivir debía evitar cualquier tipo de contaminación lumínica. Mi nuevo piso de soltero fue conseguido a la medida de mi precaria economía y por eso los espacios eran bastante limitados. Mis mayores privilegios nocturnos eran el fútbol, las pelis y el sexo. No hacía falta luz para tales divertimentos. Y entonces, cuando ya respiraba tranquilo esperando la nueva cosecha, aparecieron los gusanos. Las temidas orugas asesinas anunciaron su presencia a punta de mordiscos en las hojas y caquitas negruzcas y ácidas en los tallos. A pesar de los años experimentando nunca antes me había enfrentado a ellas. Primero se posicionaron sobre las sativas y luego las vi asomarse sobre las índicas. A esas malditas hay que combatirlas cuerpo a cuerpo. Sacarlas y exterminarlas manualmente. Mis incursiones nocturnas linterna en mano fueron infructuosas. No lograba pillarlas. Ninguna medicina causaría efecto alguno si no retiraba previamente a todas las invasoras. Debía actuar rápido y fue así que cambié las noches por los amaneceres. La lucidez post ducha helada mejoró mi perspectiva y en una sola mañana capturé doce gusanos. Fosforecían a la luz matinal. Vistos bien, lucían un verde hermoso, THC en estado puro. Criados por mis plantas, eran hijos predilectos de sus más valiosas esencias y manjares. Así, mientras se retorcían buscando la salida a la palma de mi mano se me ocurrió una gran idea. Qué tal si en lugar de aplastarlas y maldecirlas hago un negocio con ellas. Qué tal si en lugar de enemigos nos hacemos socios y trabajamos juntos por un futuro mejor. No lo dudé. Zambullí las orugas en una botella de pisco peruano y las dejé macerar a la sombra. Ese año vencí la plaga de orugas y la cosecha fue buena dentro de lo que cabe para un proceso tan accidentado. Pero mi experimento fue un éxito. El primer brindis entre cultivadores un año después lo confirmó. El “pisco de oruga” no sólo había adquirido un olor y un sabor exquisitos sino que cada gota equivalía a una calada y cada calada recordaba nuestros nirvánicos días de otras vidas placenteras. Desde entonces he renunciado a fumar la maría. Ahora la bebo y en ese trance no es raro que termine masticando gusanos. Sigo cultivando pero ahora la cosecha importa poco. Es más, procuro crear en casa condiciones idóneas para que las plantas se llenen de orugas y estén en capacidad de alimentarlas volviéndolas largas y gordas para su maceración. Seguro hay formas más eficientes de hacerlo pero lo artesanal y casero siempre me ha gustado más. He descartado todas las medicinas, yo ya tengo la mía. Acabo de patentar mi invento y es previsible que este año maceremos orugas también en ron y tequila. Las exportaciones empezarán en cualquier momento. Haga sus reservas con anticipación.