domingo 10 de octubre de 2010

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Masoca. Enajenado mental. Animal embrutecido. Nunca más ¿por qué lo hago? Siempre es igual. Sobre los sesenta minutos de agujas  insistentes empiezo a padecer. Metal caliente y surcos de tinta profundos en la epidermis. El dibujo roza los huesos. La mano estira el pellejo.  Vuelve la pregunta. Me pica la piel. La crema alivia y refresca. Más o menos intenso, según dónde toque. También importa cómo. Yo me hice al hábito con una “chatita” de pisco para “anestesiar”. Como en Los imperdonables de Clint Eastwood encomiendo mis heridas a un espirituoso elixir que lo cura todo. Al menos consuela. Eso sí, no fumo antes de empezar la sesión. Baja la presión y sensibiliza. A veces ni sé qué voy a tatuarme. Esta vez  lo tenía claro pero me costó encontrar un “cirujano suramericano para cubrir al che sobre mi brazo. Me cansó “la revolución”, la mató el cliché.  En su día tuvo un sentido que en realidad sigue teniendo, pero visto lo visto es mejor "modificar" el símbolo para preservar el concepto. Y si bien no creo necesitar banderas tampoco me gusta que un europeo trace mapa alguno del sur y menos para aclarar puntos de referencia. Ni lo conocen ni lo entienden. Mucho viaje y leyenda pero no tienen ni puta idea. Hace falta pisar Caracas, dormir en Guayaquil, amanecer en Cali, ir de putas en Buenos Aires…lo nuestro no es ius sanguinis. Es pura tierra. Purapurita. El mapa no sale calcando modelos. Está en la memoria. Sudamérica deconstruida sobre sus procesos históricos y acumulaciones metafóricas. Pequeño-gran rompecabezas de piezas que no están en lugar alguno. Destruktion. Arde Lima. Estoy lejos y a veces me siento perdido. Tal vez por eso me he ido dibujando el cuerpo. Hay nombres y direcciones que no puedo perder. Yo no me fío de artilugios electro-informáticos. Soy chapado a la antigua. No lo memorice, escríbalo… ¿alguien se acuerda? Mejor sobre el antebrazo o el muslo. En el cuello o en la barriga. Sobre la espalda. Ahorramos papel y ganamos sensaciones. A flor de piel: guía de calles particular. Carta y brújula. Timón eterno. Atlas de mi universo personal. El cuerpo como hoja de ruta. De la selva al mar, del sur al norte y viceversa. Mis lugares y mis destinos cambian sobre el planisferio. Nada es siempre igual. Los dibujos se transforman, se hacen viejos, nos identifican. El motor eléctrico de la pistola me vuelve loco. Recuerda al dentista. Sufro los repasos y los trazos gruesos sobre los bordes. Pagaré la tortura y me iré tan feliz. Planearé nuevos caminos de tinta y grasa mientras me plastifican el brazo. Sudaré en el metro. Llamaré y volveré antes de la primavera. La piel maltratada y la sangre seca tienen un no-sé-qué que no me deja olvidar.